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El Papa y la Cofradía


El 16 de octubre de 1978 el cardenal polaco Karol Wojtyla fue elegido Papa, adoptando el nombre de Juan Pablo II. Apenas tres meses después, el 15 de enero de 1979, un grupo de antiguos cofrades de la Hermandad de Jesús iniciamos una etapa de actividad cofradiera, con la consigna de “levantar la Cofradía y sacar las Imágenes en procesión”.

El Papa Juan Pablo II, fallecido el 2 de abril de 2005, ha coincidido durante los más de 26 años de su Pontificado con una de las épocas más fecundas de la Cofradía, en la que, con él, hemos despertado nuestras conciencias cofrades para entender mejor el Misterio de la Redención, que cada año, y a nuestro modo, recordamos en los días de Semana Santa.

El pensamiento de Juan Pablo II pasará a la historia plasmado en 14 encíclicas y numerosas cartas apostólicas. Algunas de estas cartas cuaresmales las hemos incluido en las páginas del boletín Nazoreo, para dar señal inequívoca de nuestra identificación con su magisterio. Pero es la encíclica Redemptoris Mater la que tiene un especial significado para el cofrade “morao”.

A mediados de 1986, en la Cofradía decidimos cumplir con una aspiración de la mayoría de los “moraos”. Queríamos incorporar al culto una imagen de la Virgen María, y así, luego de largas reuniones, arduas deliberaciones y sesudas ocurrencias que revoloteaban en el aire de la sacristía, convertida en ocasional sede parlamentaria, encargamos la talla al escultor murciano Antonio García Mengual que felizmente la terminó antes de acabar el año.

Meses más tarde, a finales de marzo de 1987, próxima la Semana Santa, y ya dispuestos a presentar y bendecir la imagen de la Virgen, aún faltaba decidir el nombre para ser invocada. Un rosario de apelativos germinó en aquella incipiente primavera: Virgen del Consuelo; de las Lágrimas; del Amor ... también de los Dolores, aunque ya había una, del Santo Rosario...etc, hasta que acudimos a las fuentes que nos ofrecía la encíclica Redemptoris Mater publicada el 25 de marzo de ese año, -fiesta de la Anunciación-, y que Juan Pablo II dedicaba a María. Aquel hallazgo nos empujó a bendecir la nueva imagen bajo la advocación de María Santísima de la Redención, y de ese modo quedaba sellada la identidad de la Cofradía con la doctrina papal sobre tan gran misterio.

La Encíclica es una honda meditación teológica sobre el significado de María en el Misterio de la Redención. Juan Pablo II nos muestra en ella la vía para nuestro encuentro con Dios a través de su Madre. Es una reflexión magistral sobre la revelación del misterio de la salvación, que fue comunicado a María en los albores de la Redención y al que fue llamada a participar de forma extraordinaria.

 “El plan divino de la salvación, revelado con la venida de Cristo, abarca a todos los hombres, pero reserva un lugar reservado a la Madre de Aquel. María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de la anunciación del ángel.¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!.

 Desde entonces en el centro de ese misterio, en lo más vivo de este asombro de la fe, se halla María, Madre soberana del Redentor, orientada a realizar en unión con Cristo la restauración de la vida sobrenatural de las almas. María entra de manera muy personal en la mediación entre Dios y los hombres.”

 Su Santidad Juan Pablo II ve a María “arraigada en la historia de la humanidad; presente y partícipe en los múltiples problemas de los individuos, de las familias y de las naciones; y la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha entre el bien y el mal”.

 Al poco tiempo de su muerte no podemos sustraernos de recordar con enorme gratitud a este Gran Papa, que con su encíclica nos enseñó el camino para venerar a la Bienaventurada Virgen María en el misterio de la Redención, que es en definitiva lo que los cofrades conmemoramos cada año durante los días de Semana Santa.

Sea este recuerdo el homenaje póstumo de los “moraos” a este Apóstol de la Valentía.

 

José Giménez Soria
Hermano de la Cofradía.
Abril 2005



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